Puzzle...
Esta la coloco aquí. Y esta aquí. Casi está. No, espera: hay que sacar esa y poner esta otra en su lugar. Sí, así está bien.
Vas colocando piezas hasta formar un todo con entidad propia. Te equivocas. Sacas una pieza. Pruebas con otra. El resultado no es el que buscas. Desmontas una parte. La vuelves a colocar. Refunfuñas.
Y eso es precisamente la vida. Un continuo movimiento de piezas. Ahora muevo la sal de la vida, el amor, para este lado. Los lamentos que me anclan al pasado, esos, los dejo a en esta zona, junto al enfado. Tengo en mis dedos el arrepentimiento, que es sincero y lo quiero aquí cerca de la sinceridad. La envidia, aunque pequeña, también existe. Es esta pieza. La dejo entre el orgullo y el egocentrismo. El odio, la bondad,... tantas y tantas piezas; pequeñas, grandes, cuadradas, octogonales, con aristas, sin ellas, las muevo una y otra vez buscando un equilibrio que a veces sí encuentro. Y avanzo.
A veces, uno sólo es capaz de escribir en lápiz, para que lo borren. A veces, todavía no te has levantado y ya estás cansado. A veces, llevas la bandera del corazón y del optimismo a media asta. A veces, sientes que tu pulso está de capa caída. A veces, te resulta difícil tirarte por una cuesta.
A veces no le damos la suficiente importancia. Las cogemos. Las ponemos en un jarrón. Las tiramos cuando están marchitas. O las tiramos inmediatamente después de la visita por falta de espacio.
Me siento como en una jaula. Una jaula agradable, llena de comodidades, cierto. Pero fuera hay una vida que aún no he vivido.
Me acompañas siempre. En esos momentos buenos, y, en esos otros que no lo son tanto. Cuando me levanto estás conmigo. Cuando estoy solo, toco mi pecho, y también estás ahí. Al final de la jornada, mi piel duerme acariciándote.
Quiero..
Me extiendo por tu cuerpo poco a poco. Soy cálida y conmigo conoces la felicidad. Hago que el tiempo transcurra a cámara lenta. Percibes en los demás gestos que antes ignorabas. Te hago pasar de la euforia al llanto. Consigo que te encuentres a ti mismo. Cambio tu metabolismo y me hago indispensable en tu vida. Conmigo no hay dolor, pero tampoco
Para los que no lo sepáis, Javier es esa persona que malgasta su tiempo haciéndome compañía en mis aburridas noches. Y ayer, puntual, estuvo contándome cómo acabó la velada de hace unos días y enseñándome las pruebas del delito: las fotos.
Palmas, olivos y laureles de diversas formas y tamaños inundan el recinto. Alguno adornado con caramelos. Bancos repletos de fieles, casi todos cincuentones, a uno y otro lado de un pasillo central.
Esta la coloco aquí. Y esta aquí. Casi está. No, espera: hay que sacar esa y poner esta otra en su lugar. Sí, así está bien.
Cuando te vi esta tarde, por tu mirada, me di cuenta que fuese lo que fuese lo que tenías en tu pensamiento, estaba relacionado conmigo. Al llegar a mi altura, me sonreíste, prescindiendo del hola de rigor. Yo sentí un cosquilleo por la curiosidad, pero seguí mi camino.
Un joven , bien vestido, educado, reclama mi atención y algo en efectivo para el billete, el suyo. Una madre, irritada, grita a su hijo que pelea por soltarse de su mano protectora. Un grupo de estudiantes corren con sus mochilas colgadas en los hombros. Un ejecutivo sonríe a su teléfono móvil.
Una fragancia. La de magnolias. Intensa. Embriagadora.