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Corazón

Risa tonta

Risa tonta

Miércoles tarde. Nada en el frutero. Nada en la despensa. Nada en la nevera. Fuera hace frío. Caen unas suaves gotas de lluvia. Heladas. Uno de esos días monótonos y aburridos en los que únicamente apetece una buena taza de café, la calefacción a veinte grados, sentarse en el sillón y disfrutar de una película, aunque sea mala. Pero no hay café. Hay que acercarse a comprarlo. Antes era a la tienda de Maruja. Luego fue el supermercado. Hoy es a la gran superficie de turno, donde al entrar se te abren las puertas y lo tienes todo al alcance del saldo de tu tarjeta bancaria.

Espacios amplios. Iluminación estudiada. Disposición de artículos en función de lo que les conviene que adquieras. Música ambiental. Pantallas de televisión con los últimos videos musicales. El último videojuego para que los más pequeños adquieran hábitos. Una amable y bella señorita ofreciéndote la prueba gratuita de un producto novedoso. Ella se llama Marta y lleva una falda azul, corta; una camiseta ajustada blanca con finas rayas rojas. Una sonrisa de película, el pelo recogido. Del producto no me acuerdo. Está en la despensa.

Allí encuentro a Carmen, la amiga de la otra amiga de mi primo Alfonso. Se interesa por mi vida, por la de mi gato, por la de mi compañera de trabajo, por la de la vecina del quinto. Y habla, y critica, y se queja, y propone soluciones, y sigue hablando. Con la mejor sonrisa de la que soy capaz le digo que tengo prisa. Que se cuide. Y que nos cuide a todos. El próximo día que la encuentre le propondré que se presente para concejala de asuntos ajenos. Que tiene madera.

Y llego a casa. El ascensor está averiado. Subo los cuatro pisos. Abro la puerta. El café lo tomaré mañana.

Todo acabaría aquí. Se quedaría olvidado en algún rincón de mi cabeza hasta que por desuso fuese reemplazado por alguna otra vivencia. Pero no es así. Y la culpa es de Carmen. De Carmen y de los recuerdos del parking de mi cerebro.

Me encontró un día. Digo encontró porque si la hubiese visto antes, hubiese cambiado de ruta haciéndome el despistado. Eso no lo hagas tú. No está bien. Te estaba diciendo que después del encuentro, mi acompañante. Porque sí: iba acompañado por un niño de diez años. Me preguntó:

-¿Esa señora cómo se llama?
- Carmen- dije.
- ¿Y tiene un diente de oro o de latón?; es que es amarillo.-
- Sí, de oro
-¿Y cómo hace para afilarlo?- añadió

El estómago se me contrajo. Los músculos de la cara querían dar rienda suelta a su necesidad de reír. Los ojos se me llenaron de lágrimas ante la imposibilidad de hacerlo, bajo la amenaza de que los transeúntes me tomaran por esquizofrénico. Es la risa tonta de la que seguro has oído hablar.

No. En la próxima ocasión tampoco debo olvidarme de preguntárle cómo lo afila.
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2 comentarios

Núlís Trámaranz -

Si, si si, si
Que suene la música, si, porque usted ha llegado, ha encendido los motores y el ROMPEOLAS ha comenzado a navegar, esto es maravilloso, la web está viva y la gente responde cuando llaman a la puerta de su jaula. Que sí, que será cómoda, pero no deja de ser jaula, cárcel. Enhorabuena, pero no por haber entrado al rompeolas, no, que uno es muy modesto para si quiera pensar en algo así. Enhorabuena y de verdad, pero por el CORAZÓN que tienes, tu página es estupenda,puedes estar orgullos@.
Muchas gracias por visitarme. La que has leído es mu única poesía, me costó un disgusto, y se me erizan los pelos cuando la leo, pero es lúnico que tengo en verso, descabalgado o libre, eso ya no lo se, no entiendo de poesía, pero ahí está.

Lo dicho, gracias y vuelve cuando quieras, el rompeolas surca las aguas de internet a poca velocidad, tenemos botes en cubierta por si alguien se marea.

Tu -

Jajaja, es que de verdad igual me saco una risa tonta...oye no dejes de decirme que te respondio doña Carmen que tengo curiosidad igual que el pekeño...
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